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Ensayos -> Mi viaje hacia la lectura

Patricia López Conde

jetiton@gmail.com

Crecí en una familia promedio mexicana. Suena extraña esta última frase, puesto que en México todo existe, menos un promedio real de algo, pues la gama de subculturas, subhábitos, subpobrezas es infinita. Quizá la frase correcta es: Crecí en una familia sin hábito por la lectura... o de cierta lectura (ahí estamos otra vez).


Mi padre, pasante de la carrera de Química (en su época, con ser pasante de una carrera alcanzaba para tener un empleo) y mi madre, con la preparatoria trunca, extrañamente era para ellos desconocido el mundo de la literatura. Mi padre básicamente cursó la universidad como una carrera técnica, ya que es de esos tipos de personas que sólo saben de su carrera y no saben de otro tema (poesía, música, cine, etcétera), y que sinceramente no tienen interés de saber de nada más.


Ahora, en ese marco se abre la subsituación, porque era verdad que en mi casa no existían más libros que de química, física, fisicoquímica, matemáticas etcétera, libros que mi padre tenía en un pedestal como sus trofeos, pero que curiosamente yo no recuerdo jamás haberlo visto leerlos. No había entonces libros, pero si un océano inmenso de Novelas semanales.


Las novelas semanales


El gran pasatiempo de mi madre, aún recuerdo con mucho cariño, esos domingos (día único de descanso de mi mamá, cuando descansaba) que después de habernos preparado un suculento y engordativo desayuno (quesadillas, sopes, pancita, etcétera), pasábamos la tarde digestiva leyendo ávidamente como 100 o más de estas novelas. Aún recuerdo alguno de sus nombres: "El libro semanal", "Sensacional de luchas", "Sensacional de vaqueros", "La sentimental", etcétera. Y ahí estábamos todos (excepto mi padre) boca arriba, boca abajo, en el piso, en los sillones y, claro, también en el baño, leyendo y leyendo; y justo cuando se nos acababa el festín novelero, mi madre tomaba su bolsa del mercado (las típicas de aquellos años) repleta de lectura finalizada y nos íbamos con ella como a las 5 de la tarde al mercado de la Colonia Maravillas, al puesto de venta e intercambio de estas novelas (un local repleto de novelas, como nido, con apenas un pequeño espacio frontal para el vendedor), la llamaré "la librería de novelas" ...cuántas cosas han cambiado y desaparecido, no sé si en los ya casi extintos mercados de México aún exista el "puesto de las novelas". Y bueno, allí pasábamos casi como una hora, esperando a que mamá hiciera la nueva selección de historietas (historias viejas y nuevas). Aún llega a mí el olor de ese establecimiento: una mezcla de papel de baja calidad con grasa, tinta, humedad, sudor, tierra, todo ello contenido en cada una de las hojas de las novelas que, apiladas en hileras interminables, amenazaban con caer. A esa hora el mercado estaba en el trajín del cierre de los locales; llega a mí el sonido estruendoso de la caída de las cortinas de metal, y los golpes secos de los candados gigantes al ser cerrados. Mis hermanos y yo brincábamos en el mundo recién abierto de las planchas de concreto desnudas de mercancía... así pues, el mercado se transformaba en montañas lisas por las que podíamos escalar, correr, resbalar y acostarnos. Me recuerdo tendida en una de estas planchas burdas de concreto (pintada de azul urbano), recorriendo con mis dedos sus grietas desnudas, y desde allí observaba el fluir del agua jabonosa que se abría paso entre los pasillos, sancochando sólo la grasa y dejando en el piso olor a choquilla (mal olor, olor a huevo). ¡Ahhh el mercado!, siempre un mundo para descubrir, además de cosas, emociones.


A la lectura de La novelas semanales le debo tres cosas muy importantes:


-Número uno, grandes recuerdos con mi mamá y mis hermanos.


-Número dos, muchas horas de entretenimiento.


-Tres, que gracias a ellas adquirí un interés real hacia la lectura.


Aún recuerdo los intentos brutos de mi padre al querer enseñarme a leer... recuerdo, gritos, lágrimas y tirones de él en mi cabello. Él tiró la toalla (¡a Dios bendito!) y dejó la tarea al mismísimo tiempo. Él no contaba con que los dibujos con escenas de amor, el rostro de mujeres llorosas y felices, rostros de hombres malvados o enamorados, y los monstruos (en las novelas de espanto) iban a despertar en mí el interés de ir poco a poco uniendo letras, palabras y ¡¡ajá!! frases, para saber qué diablos pasaba en esas historias. Y así fue, que en un dos por tres aprendí solita a leer, claro está, relacionando el previo aprendizaje que creo obtuve de la escuela.


Mi primer acercamiento a un libro fue en la secundaria (13 años), cuando me dejaron leer Un mundo feliz, de Aldous Huxley; bueno, creo que no pasé de la tercera página. Tenía que realizar un ensayo de la lectura y nos dieron, si no mal recuerdo, una semana para realizar la lectura y entregar el ensayo. La compra del libro tardó mucho, yo nunca pude conectarme con la lectura, total se me acabó el tiempo y mi padre terminó haciéndome el ensayo repitiendo, sólo con más palabras, el comentario que viene atrás de la pasta del libro. ¡¡¡Un chasco!!!


Al entrar al CCH fue entonces cuando comencé a tener un acercamiento real a las bellas artes: música, cine, pintura, teatro, lectura... un mundo al que jamás había sido invitada... Había tanto mundo, tantas cosas... y pensar que de niña y adolescente pase tantos veranos aburrida como ostra en casa. Pero no fue sino hasta como a los 18 años entraditos cuando por primera vez experimenté la magia de sentir con todas mis emociones un libro, y fue gracias a la saga de Flores en el ático, de V. C. Andrews. Con esos libros, soñé, reí, me emocioné y lloré a plenitud. Por primera vez hice mías tantas expresiones que uno escucha sobre las bellezas de los libros. De ahí en adelante, y gracias a que en mi vida llegó el ser que más me ha inspirado y motivado a conocer mi lado creativo (Oliva), no he parado en la emocionante montaña rusa del arte en todas sus manifestaciones.


Con el tiempo he aprendido que las lecturas te llegan... que los libros son entes vivos que esperan a que tú estés listo emocionalmente para recibirlos, sentirlos y para vivirlos. Han sido para mí como el marco de un instante de mi vida, porque los libros no vienen solos, también llegan con personas, experiencias e ideas que están, cambian y fluyen...


Creo indudablemente que es fundamental que desde pequeños se tenga la oportunidad de estar cerca de los libros, pero el "click" con ellos es sumamente personal y nada tiene que ver con la cantidad de hojas que uno pueda o no leer por obligación o récord. El amor real a la lectura es como el amor a las personas, sucede si se está alineado en ese momento emocional con el libro adecuado y, por lo tanto, está más que garantizado que será una experiencia religiosa.


Hace algunos años atrás conocí a la escritora Laura Bolaños, de la novela “El libro semanal”; acompañaba a mi amiga Ana María a dar la terapia de rehabilitación a la cuñada (Celia) de la escritora. Esta escritora (también de libros) y pintora me respondió muy amablemente la pregunta que yo le hice ¿Por qué una mujer tan culta, por tantos años había escrito novelas de esa "calidad"? Ella me contestó lo siguiente: En aquellos años era la única manera de llegar de forma rápida y sencilla a las mujeres (además, en esa época el mundo de las historietas era totalmente masculino). Mis mujeres de la novela “El libro semanal” quizá a primera vista parezcan las típicas cenicientas, pero en las historias de cada una de estas mujeres siempre manifiesto el poder que ellas tienen para forjar su destino económico y sentimental, al final es este poder el que les permite que la resolución de sus vidas (de la historia) sea buena. Además siempre se le puso una semilla de dignidad, cosa inexistente en esos tiempos para las mujeres.


Después de esta respuesta y de tratar unos meses a esta escritora, dejé de sentir la típica aversión que sentimos "los nuevos cultos" por la cultura popular, puesto que sí, efectivamente no hay ni habrá el mundo feliz cultural que se sueña o se espera para nuestra población... pero a veces de tan obstinados que somos, perdemos de vista el esfuerzo (cada uno en su trinchera) que se requiere para poder lograr que suceda el "click" en una sola persona con las manifestaciones del arte, en una población mexicana tan diversa social, cultural y económicamente.


 


Patricia L. Conde

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