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El señor Burrón o vida de perro
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No. registro de HNM 000657529
Clasificación de HNM PEP.i 741.5972
Publicación: Pepín
Datos de la publicación: México, D.F.:
Edit. Juventud
,
1949
 - 1953
Detalles físicos: il.21 cm.
Números: 3786 - 5239
Argumentista:
Gabriel Vargas

Gráfica:
Gabriel Vargas

Genero:
Humor

Técnica:
Línea

Sinopsis: El Señor Burrón o Vida de Perro es el título original de la serie más trascendente en la historia de la historieta mexicana, que adopta su título definitivo -La Familia Burrón- hasta que deja las páginas de Pepín en 1953, para trasladarse a las de Paquito presenta; desde entonces se ha mantenido sin interrupción, acudiendo puntualmente a su cita semanal con los lectores (por lo menos hasta febrero de 2007, fecha de redacción de este catálogo). Los Burrón en realidad nacen como protagonistas secundarios de Los Superlocos (ver Catálogo) el 1 de diciembre de 1948 (Pepín 3544), es decir casi 9 meses antes de que se publique el primer episodio de El Señor Burrón o Vida de Perro, en cuya primera entrega Borola está a punto de acuchillar a su marido por haber dejado que lo asaltaran la noche anterior: 'Yo te voy a enseñar cómo debes defenderte. Toma el cuchillo y tírame un golpe.' Al principio don Regino no es peluquero sino vendedor ambulante de afeites para mujeres, abonero que trata de escamotear unos pesos de sus ventas y ocultárselos a su infame esposa, Borola Tacuche de Burrón, para 'ir el sábado a echarse unas copas con sus amigos.' Pidiendo anticipadas disculpas por la extensísima cita y las supresiones señaladas con puntos suspensivos entre corchetes, dejemos que sea uno de sus más fervorosos lectores y grandes difusores quien nos hable de La Familia Burrón. Afirma Carlos Monsiváis en un espléndido ensayo (La Jornada Semanal, 10 mayo 1998), escrito a propósito de los 80 años de Gabriel Vargas: la serie que sustituye a Los Superlocos es magnífica, y no es la menor de sus virtudes el entronizar a un personaje femenino, la primera y casi la única pícara del México del siglo XX, al menos en la cultura popular. En los años cuarenta Vargas inicia La Familia Burrón, que al principio se llama El Señor Burrón. De los años cuarenta al día de hoy, y pese a las inevitables repeticiones, La Familia Burrón es una saga magistral. Al principio, como muchos otros productos de la industria cultural en México, La Familia Burrón acata un formato norteamericano clásico. Pronto lo subvierte. En este caso, la inspiración obvia es Educando a Papá (Bringing up Father) de Geo McManus, con su repertorio inevitable: el padre aguantador, la madre imperiosa y finalmente sujetable, los amigos sonsacadores y los hijos convencionales. Es pretensión explícita de Vargas describir la vida familiar del mexicano pobre de clase media, y aproximarnos al proletariado y al lumpen proletariado. Pero de ningún modo a Vargas lo guían las pretensiones sociológicas sino el costumbrismo, la ubicación del mundo por la repetición: 'vivimos lo mismo, para no admitir que envejecemos', sería la moraleja. En gran medida se idealiza a una familia unida y amorosa, del tipo de 'la tuya y la mía, lector', mientras se presenta a la sucesión de mujeres sufridas y maridos desobligados. En ese núcleo afectuoso y simbiótico, por una curiosa transposición de papeles, a don Regino le toca ser las más de las veces el equivalente parcial de la sufrida mujer mexicana. Él no se resigna, pero su voluntad sólo es tomada en cuenta en el desenlace de cada episodio; deshilvanada a la fuerza, construida sobre la marcha, La Familia Burrón es casi en cada número, el relato de un delirio victorioso y de la frustración subsiguiente. Gracias a su heterodoxia, la heroína consigue por unos días o unas horas evadirse de la rutina, entre situaciones típicas de la vida popular. El reparto de papeles es inalterable: Borola, abuela instantánea de los dinamiteros, disloca el orden gracias a su bondad tracalera, y don Regino se ocupa de que todo vuelva a su cauce. Al no depender del chiste prefabricado y al no disponer del apoyo de una industria, Vargas finca su humor en el choteo de las inercias tradicionalistas (el machismo, la primera de ellas) y en el elogio irónico del pintoresquismo, la trampa de la gran ciudad donde lo entrañable es sinónimo de lo aplastante y lo que nos quiere es lo que nos impide cambiar. Con choteos, sarcasmos y sátira Vargas enriquece el sentido del humor urbano. Borola y sus vecinas, en lucha constante contra los precios del mercado y los bolsillos vacíos, originan una mitología caricatural de la resistencia. Desde hace más de 50 años Vargas no se desvía de su centro argumental: el canto festivo de la sobrevivencia. Intuitivamente, Vargas descubre el papel del humor en la cultura popular. No es exagerado decir que hay un humor popular antes y después de Gabriel Vargas. La Familia Burrón traza el universo cotidiano -ofrecido ad absurdum y llevado a sus últimas consecuencias paródicas- de las vecindades y del Centro de la ciudad de México (hoy Centro Histórico). ¿Quiénes son los personajes? No es el empleado medio, el white collar norteamericano que vive en Suburbia, trabaja en agencias de seguros o de publicidad y es reflejo caricatural del hombre-organización, sino un peluquero, don Regino Burrón, y su esposa, Borola Tacuche de Burrón. La condición social de los protagonistas evita el humor adocenado de las situaciones (la adulación al jefe, la llegada de la suegra, el costo de los sombreros de la mujer, etcétera) y hace que se nutran de los mitos y las realidades populares, examinadas a la luz del costumbrismo y del ánimo delirante. La Familia Burrón es punto de partida de un humor idiosincrático, cerrado y abierto a la vez. Ajeno por entero a los debates sobre la filosofía de lo mexicano, el encomio se concentra en Borola, la mujer que manda, la versión femenina de don Jilemón Metralla, la pícara que ejerce en mercados, fiestas de vecindad y viajes de burócratas hacia Acapulco. Desfachatada y cínica, provista de una regocijante vanidad, a la energía de Borola nada la arredra: organiza peleas de box entre mujeres, convierte su vecindad en arena de box o de lucha libre, es mujer de negocios sin capital adjunto, hace rifas fraudulentas (en uno de sus mejores episodios pasa junto a un carro último modelo, le coloca un letrero de 'se rifa', vende todos los boletos y se va), trabaja de cantante sentimental en una carpa, se lanza para diputada por el cienavo distrito, gana, la despojan de su triunfo mediante el robo de urnas y, encolerizada y con el apoyo de sus vecinas, se lanza a una insurgencia desarmada, la 'revolufia', con todo y toma de azoteas, donde se canta 'La Adelita', para asegurar 'el frijol de sus chilpayates'. Casi a la fuerza Borola, entre otras gracias, es imagen simplificada de una especie hasta hace poco de moda, el político a la mexicana. Con tal de satisfacer su vanidad y alimentar a los suyos, Borola olvida cualquier escrúpulo. Es malvada, chismosa, falsamente solidaria, hará lo que haga falta. Incansable, dinámica, ama de casa que no se resigna a serlo, fuerza de la naturaleza que es en rigor una incursión vandálica, aprovecha con amplitud las circunstancias. Nadie como ella para disputar a bolsazos el precio de los jitomates; nadie como ella para hacerse una operación que le quite su estructura ósea, 'porque no me gusta andar con un esqueleto dentro', y luego ir a reptar por las calles; nadie como ella para convertir la vecindad en un safari, en una aldea poblada de fosos, en un centro de rehabilitación. Borola es la exótica Brigitte Borolé, famosa por su interpretación de 'El Cuchichí' ('Haciendo así, cuchichí, cuchichí, / por el redondel, /cuchichí, cuchichí') o puede, para sacarle provecho a su pleito con una vecina, improvisar una arena de box en la vecindad y cobrar las entradas de su pelea. Todo lo ha intentado y es descomunal el vigor de sus antiproezas. En obvio contraste don Regino, el dueño de 'El Rizo de Oro', emblema de la propiedad y el decoro, procura en vano infundirle cordura a su esposa. En los episodios de la niñez de Borola y don Regino, situados invariablemente a principios de siglo, el niño Regino ya es sufrido, probo, aguantador y dispuesto a censurar a Borolita por sus desmanes. Adulto, es el símbolo de la honestidad y el pundonor, sólo afligido por la derrota de las peluquerías a manos del pelo largo, y por los sinvergüenzas en el poder. Don Regino es honrado hasta la exasperación. En un episodio se niega a cobrarle más a un potentado por la 'peluqueada' de su perro. Le subleva la idea. Es el anticlímax perpetuo de Borola, mujer-en-el-mundo que se niega a resignarse y convierte su rebeldía en surtidor humorístico. Además de don Regino y Borola, sermón y desquiciamiento, intervienen en La Familia Burrón varios personajes, simbólicos y no tanto. Los hijos: Macuca y Reginito, el Tejocote, por lo común detalles escenográficos, adquieren relieve si al autor se le ocurre criticar la falta de orientación constructiva de los jóvenes. También, los Burrón adoptan al hijo de un borrachín, Foforito, dueño del perrito Wilson, niño bueno y noble, versión proletarizante de un personaje de la literatura victoriana, el pequeño Lord Fauntleroy. Su padre, don Susano Cantarranas, borracho perdido, es un lumpenproletario de la colonia el Terregal, donde habita con su novia la Divina Chuy. Ambos serían motivo de prédica, pero la fuerza de su caracterización trasciende las moralejas. Macuca tiene dos pretendientes notables: uno es Floro Tinoco, el Tractor, junior insolente y abusivo, dueño de una avioneta que aterriza en aceras y azoteas, y de un auto pequeñísimo donde apenas cabe su corpachón. El Tractor defrauda la confianza de sus riquísimos padres, que lo quisieran 'hombre de provecho', pelea con la policía, quiere hacer fraudes, va a la cárcel con frecuencia y siempre se refugia con los Burrón. El otro es el poeta Avelino Pilongano, 'bohemio' sin oficio ni beneficio, que duerme casi todo el día, escribe versos inconcebibles ('mafufadas') mientras doña Gamucita, su madre anciana, lava montañas de ropa para mantenerlo. El contraste social lo marcan los parientes de Borola. En primer lugar su tía Cristeta Tacuche, emblema de la nuevorricracia, radicada las más de las veces en París, en compañía de su secretaria Boba Licona y su cocodrilo Pierre. A doña Cristeta, robustísima, siempre en trance de probarse joyas, pelucas y vestidos, la pretenden los chorromillonarios del mundo entero, que se desafían a muerte por su mano, y gastan en vano sus fortunas en el asedio. A diferencia del tío Rico MacPato (Scrooge McDuck) de la fábrica Disney, por lo demás un personaje notable, incomprendido por Mattelart, Cristeta no es símbolo de la acumulación original, sino, tan sólo, una millonaria que vive pródigamente. Y también es figura contrastante el hermano de Borola, Ruperto, un ladrón regenerado, de rostro cubierto con paliacate, al que la policía hostiga, chantajea y reprime, sin quebrantar sus propósitos de enmienda. A Ruperto lo acompaña su novia, Bella Bellota, y el hijo de ésta, un niño paralítico. Al campo lo representan dos caciques o pistoleros, Briagoberto Memelas y Juanón Teporochas, siempre dispuestos a prodigar las balas y a dar clases de machismo. Briagoberto y Juanón son atrabiliarios, sueñan con raptarse a todas las muchachas bonitas y son muy crédulos. Hace unos años se agregan al repertorio Sinfónico Fonseca, un joven músico que al tocar el violín vuelve más productivas a las gallinas, y el conde Satán Carroña, vampiro desdichado al que todos increpan y ponen en su sitio. El personaje por excelencia de La Familia Burrón es la vecindad, el espacio clásico de la imaginación popular hasta fechas recientes, que de allí se extiende a terregales, mercados, residencias, billares, carpas, al orbe en suma de las transas, la represión policiaca, la solidaridad en la escasez, la carestía, el desempleo, la pequeña corrupción, las necesidades apremiantes. Los Burrón nunca se apartan de su rasgo distintivo: la inseguridad económica ¿quién se preocupa por la miseria en los cómics norteamericanos? Desde los inicios, la pobreza es el tema dominante de La Familia Burrón. Con sagacidad, Vargas pone al día el cómic al intuir y aprender las nuevas reacciones ante la pobreza, que es el centro de la cultura popular urbana. En los años cuarenta se acepta casi con felicidad la pobreza porque, al ser la única tradición visible de las mayorías, es inevitable. A finales de siglo la complejidad social incluye conocimientos más precisos sobre la economía, y la indignación en el vecindario elimina las nociones compulsivas sobre el destino fatal de los pobres. El choteo inmisericorde a las políticas económicas del gobierno, es parte del hábito de no dejarse. La Familia Burrón es, de algún modo, la defensa de un género condenado por su falta de elaboración y de buen gusto, por su corrupción del proceso formativo de la infancia. Ante la necesidad de superar las limitaciones neciamente impuestas a un medio formidable, Gabriel Vargas emprende La Familia Burrón en la etapa en que, por el inmenso cerco de la censura, la crítica social puede alojarse en el cuadro de costumbres. No sin costos, la crítica social evade las peores consecuencias de la censura y cubre un vasto campo: modas, cantantes, pochismo, política, corrupción de la justicia, formas de vida. ¿Qué son en este cómic los cuadros de costumbres? La memoria del México premoderno recreado por una sátira eficaz, por un uso que llega a lo magnífico del diálogo, por un registro constante de la moda. Y el resultado es muy estimulante, como el de toda alucinación caricatural construida rigurosamente. Por eso, ¿cómo ubicarse en la vida mexicana sin la compañía sagaz y malediciente de los personajes de Gabriel Vargas? En su comedia humana, Vargas cubre la ferocidad de los cambios y la permanencia del sentido del humor, del habla cotidiana, de la pérdida del poder adquisitivo, del encuentro breve y la pérdida orgánica de las ilusiones. Tan pertenece este cómic a los cuadros de costumbres que hay algo decimonónico en el proceso de su elaboración. A diferencia de la inmensa mayoría de este tipo de revistas, La Familia Burrón no se fabrica en serie por un ejército de dibujantes y argumentistas. Es el resultado de los esfuerzos de un grupo reducido de dibujantes, a quienes dirige Vargas, autor de los textos y dibujante él mismo hasta los años setenta. Así, La Familia Burrón es cómic de autor, expresión personal de ideas y opiniones inusitadas en este campo. Vargas sabe a su manera lo que Bajtín halló al estudiar a Rabelais: el humor también es oposición y reto, desafío a la seriedad del mundo oficial, a su estolidez que rechaza el pecado, a su identificación de lo valioso con lo superior jerárquicamente. Según Bajtín, la risa popular es 'una victoria sobre el miedo', ya que nace justamente de tornar risible, ridículo, todo lo que del poder y de la moral dominante infunde miedo, el origen de la censura más fuerte: la interior. Moralista acérrimo, Vargas vuelve risibles a las manifestaciones del poder, a los políticos, los empresarios, los chorromillonarios que se sueñan la encarnación misma del respeto. Sin darse importancia, sin pretender estatus distinto al del 'monero', Vargas desata la risa popular que, así no modifique los sistemas de dominio, es la clave de la salud mental. ¿Por qué ha sido tan escaso el reconocimiento a la obra de Gabriel Vargas, ciertamente uno de los creadores fundamentales de la cultura popular? En la respuesta intervienen el mínimo estatus cultural del cómic en nuestro medio, el desdén que se expresa en la ausencia de colecciones de La Familia Burrón en las bibliotecas públicas, las graves dificultades para examinar una obra de tales dimensiones. Además, y sobre todo, Vargas ha renovado por su cuenta el humor arraigado en la experiencia mexicana, algo que trasciende al chiste sin caer en la pretensión nacionalista. La visión satírica no pretende ser un tratado de sociología. Reediciones posteriores: La Familia Burrón, Paquito presenta, Editorial Panamericana (1953-1978); La Familia Burrón, Ediciones G y G (1978-).
Notas:
Descripción basada en: No. 3786 (31 jul. 1949); título tomado del encabezado.
Último ejemplar consultado: No. 5239 (31 mar. 1953).

Comentarios

Ricardo Antonio García Tejada

Publicado el

879-En mi colección privada tengo por lo menos 35 números de los años 60`s de 100 páginas, unos 15 cómics de los 50´s y un libros con varios de estos. Si están interesados, me gustaría proporcionaseis para su preservación.

María Sarmiento

Publicado el

Hola, disculpa entre tu colección ¿estará una historia donde Borola sueña con los hijos de Macuca?

ALEJANDRO MARCELO BASTIDA MAGOS

Publicado el

730-quisiera saber si dentro de su fondo de historietas de la familia Burrón tienen las que corresponden al año de 1968, ya que me interesa conocer la representación que se hacia de la mujer en ese año de conflictos sociales y olimpiadas, sería de gran ayuda me pudieran apoyar con esta información, de antemano muchas gracias

oscar aaltamirano reyes

Publicado el

460-Me parece sumamente valiosa la aportación de imagens y datos , sobre esta etapa inicial de la historieta la familia Burrón. No creo que las nuevas generaciones no estén interesadas, yo creo que les falta conocerlas para generarles un genuino interés y personas como los creadores de este espacio, con su esfuerzo, lo pueden lograr. Gracias por la oportunidad de ver este material, ciertamente invaluable!.

benjamin guzman ruiz

Publicado el

166-es una pena uqe ya nadie se acuerde de esta famosa serie de historietas debido a los medios electronicos y de redes sociales modernos, las generaciones nuevas no estan interesadas en lo mas minimo por ellas me encantaria sobremanera, tener la dicha de poder leerlos en su acervo yo tengo muchos numeros, pero es casi imposible conseguir todo los que salieron, y los que tienen ustedes me interesan sobremanera

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